Columna de opinión publicada el 15 de abril de 2026 en Radio U. Chile
Por Catalina Dettoni, investigadora Fundación SOL
Recientemente, la senadora Vanessa Kaiser afirmó en el Senado: “No estoy de acuerdo con el Ministerio de la Mujer, tendría que haber uno de los hombres”. Sus declaraciones dejan ver una profunda irresponsabilidad política al desconocer las desigualdades que afectan material, simbólica y físicamente la vida de las mujeres.
La desigualdad que enfrentan las mujeres no remite solo a hechos aislados ni a episodios excepcionales. Exige, más bien, comprenderla como producto de las múltiples formas de violencia que viven, las cuales configuran la vida cotidiana y organizan las relaciones sociales, manifestándose en distintos ámbitos y bajo diversas formas: simbólica, económica, psicológica, física, sexual y femicida, entre otras expresiones de violencia sostenidas en un entramado cultural que la reproduce, la justifica y la naturaliza.
Los datos oficiales son elocuentes. En un país donde los sueldos son bajos en general, la situación de las mujeres se vuelve todavía más crítica. En base a la Encuesta Suplementaria de Ingresos (2024), la mediana de ingresos líquidos es menor para las mujeres, mientras la mitad de los hombres percibe un ingreso igual o menor a $698.255 producto de su ocupación principal, la mitad de las mujeres no supera los $555.362.
A eso se suma que las mujeres participan menos en el mercado laboral. La Encuesta Nacional de Empleo reveló que, en el trimestre diciembre 2025-febrero 2026, solo el 53,3% de las mujeres en edad de trabajar participa en el mercado laboral, en comparación con el 71,7% en el caso de los hombres. El 46,7% de las mujeres que no busca empleo, desde las cifras oficiales del INE son clasificadas como “inactivas”. Pero ¿realmente lo son?
La categoría de “inactividad” refiere a personas mayores de 15 años que están fuera de la fuerza de trabajo. La Encuesta Nacional de Empleo recoge distintas razones para ello, como estar jubilado o pensionado, estudiar, enfrentar problemas de salud, trabajar por temporada, entre otras. Entre las mujeres fuera de la fuerza de trabajo, un 28% lo está por razones familiares permanentes. En los hombres, en cambio, esa proporción llega apenas a un 2,75%. Cuando las mujeres no participan del mercado laboral, muchas veces no es porque estén realmente “inactivas”, sino porque siguen sosteniendo tareas y responsabilidades que el mercado no reconoce como trabajo.
Esto también obliga a ampliar la idea misma de trabajo, porque el trabajo no es solo empleo. El mundo del trabajo incluye también tareas domésticas y de cuidados no remuneradas, que sostienen la vida cotidiana y hacen posible el funcionamiento mismo de la economía. Sin ese trabajo, invisibilizado y desvalorizado, no se reproduce la población ni se garantiza la disponibilidad de personas para la fuerza de trabajo. Por eso, incluso cuando muchas mujeres aparecen en las estadísticas como “inactivas”, siguen siendo trabajadoras.
Esta mayor carga de trabajo doméstico y de cuidados no remunerados no desaparece cuando participan en el mercado laboral, muchas veces por la necesidad de obtener una remuneración. De acuerdo con el estudio «Mujeres y pobreza de tiempo» de Fundación SOL; el 51,4% de las mujeres se encuentra en situación de pobreza de tiempo, es decir, supera las 67,5 horas semanales de carga global de trabajo, remunerado y no remunerado. En los hombres, esa cifra desciende al 41,5%, casi 10 puntos porcentuales menos.
La problemática es real. Por eso existen organizaciones de mujeres, colectivas feministas, redes de acompañamiento, espacios de formación, observatorios, casas de acogida y grupos territoriales que, durante años han trabajado por visibilizar desigualdades y mejorar las condiciones de vida de las mujeres trabajadoras. Este proceso de lucha incidió incluso en la creación del Ministerio de la Mujer, que, más allá de sus limitaciones, expresa la necesidad de que el Estado responda a desigualdades estructurales persistentes.
La senadora toma afectaciones reales y las deforma hasta convertirlas en argumentos contra las propias mujeres: “Quiero decirles que los hombres van a la guerra y mueren mientras las mujeres nos quedamos en la casa. Quiero decir que los hombres se suicidan cuatro veces más que las mujeres y que mueren mucho antes justamente porque no tienen esas horas en su casa con afectividad, con emotividad, entrega de corazón”.
Más allá del contenido mismo de sus dichos, lo preocupante es que formula explicaciones tajantes a partir de intuiciones personales, sin entregar evidencia que las sostenga.
No se trata de decir que los hombres no sufran, no tengan problemas o no requieran políticas públicas en ciertos ámbitos, sino de entender que la existencia de una institucionalidad específica responde a una trayectoria histórica. Las mujeres se han visto en la necesidad de organizarse para nombrar violencias, visibilizar desigualdades y construir redes de apoyo y defensa frente a problemas que no solo fueron negados, minimizados o naturalizados, sino que, en muchos casos, aún lo siguen siendo.
La desigualdad existe y se expresa en el tiempo que falta, en la autonomía económica que se restringe, en las oportunidades que se reducen y también en un sexismo que sigue presente en distintos ámbitos de la vida social: en los estereotipos de género, en la cosificación de nuestros cuerpos, en la invisibilización de nuestras contribuciones en la ciencia, en la naturalización de ciertos roles, lo que va moldeando de manera persistente la manera en que las mujeres viven, trabajan, se desenvuelven e incluso como imaginan sus posibilidades de vida.
Las declaraciones de Kaiser provienen de una autoridad que participa directamente en la discusión, tramitación y aprobación de las leyes que repercuten en la vida de millones de personas. Por eso, resulta especialmente grave que, desde un cargo de representación, desconozca desigualdades de género tan evidentes y ampliamente documentadas. El problema de fondo no es solo poner en duda una institución, sino trivializar desigualdades que siguen marcando de manera concreta la vida de las mujeres trabajadoras.