Columna de opinión publicada en Cooperativa el 8 de enero de 2026
Por Andrea Sato, investigadora Fundación SOL
La relación entre Chile y China ha adquirido una relevancia innegable en el contexto global actual, especialmente a medida que China se posiciona como el principal socio comercial de Chile. A la luz de la intervención militar por parte de EE.UU. en Venezuela, donde el presidente Trump ha sido claro en enfatizar que su objetivo es "recuperar" el petróleo que le pertenece a la nación del norte, vale preguntarse si eventualmente puede buscar "recuperar" el terreno, en términos comerciales, que ha perdido en otros países de Latinoamérica y el Caribe.
Históricamente, China no siempre ha sido el principal socio comercial de Chile. En 2002, la Unión Europea lideraba el ranking, representando 25% del total de exportaciones chilenas, seguida por Estados Unidos con 20% y Japón con 11%. En ese momento, China ocupaba el cuarto lugar, con solo 7% de las exportaciones. Sin embargo, la firma del TLC en 2006 marcó un punto de inflexión significativo.
Para 2007, China superó a Estados Unidos en importancia relativa, alcanzando 15% del total de exportaciones, mientras que EE.UU. disminuyó a 13%. A pesar de que la UE continuaba siendo el socio más importante, con 24%, la tendencia de crecimiento de China era evidente. En 2015, la situación se consolidó con China liderando con 26% de las exportaciones, mientras que EE.UU. se posicionó como el segundo socio más importante, con 14%. A medida que avanzamos hacia 2022, el panorama se había transformado por completo: China representó el 39% del total de exportaciones chilenas, seguida por EE.UU. con 15%.
El aumento de las exportaciones hacia China ha estado marcado principalmente por el sector minero. En 2002, las exportaciones mineras representaban el 63% del total de exportaciones hacia China. Para 2012, esta cifra había aumentado al 79%, y en 2022 alcanzó 83%. Este crecimiento es notable, ya que el total de exportaciones mineras hacia China creció 41 veces durante este período, en comparación con un crecimiento de 30 veces del total de exportaciones chilenas. Para poner esto en perspectiva, en 2022, las exportaciones del sector minero hacia China representaron el 11% del PIB total de Chile.
En este escenario de agresión a la soberanía de toda la región, en donde el derecho internacional parece una ficción, vale la pena preguntarse acerca de la exposición de los demás países de América Latina a algún tipo de intervención en el marco de la renovada "Doctrina Monroe", en el que se justifican diversas estrategias para mantener el control de Estados Unidos sobre las áreas de influencia de Occidente, como es el caso de América Latina y el Caribe. La política exterior de EE.UU. ha estado marcada por nociones de control y dominación sobre lo que ellos consideran su patio trasero. Trump ha reforzado con hechos la lógica intervencionista de Estados Unidos.
La agresión militar de Donald Trump y el Comando Sur contra Venezuela es un intento violento de recuperar el control sobre un país rico en recursos naturales, como el petróleo. Esta acción no solo busca apropiarse de las reservas venezolanas, sino que también puede servir como un mensaje a otros países de la región. Este tipo de acciones, lejos de ser aisladas, pueden ser parte de una estrategia más amplia en la que EE.UU. busca mantener su hegemonía sobre América Latina y el Caribe.
El enfoque agresivo que ha instalado EE.UU. para la intervención en Venezuela puede tener consecuencias desastrosas no solo para el pueblo venezolano, sino también para la estabilidad de América Latina en su conjunto. A medida que EE.UU. intensifica sus tácticas de guerra económica y militar, se corre el riesgo de provocar un conflicto que podría extenderse a otros países de la región, como Cuba, Nicaragua, México, Colombia y Brasil, como ya lo mencionó el presidente Trump en diversos puntos de prensa.
La relación comercial entre Chile y China es un testimonio del cambio en el equilibrio de poder en América Latina, donde China ha emergido como un socio crucial. Sin embargo, este ascenso también puede ser la excusa para amenazar a cualquier país de la región. La agresión militar y económica contra Venezuela es una clara manifestación de una tensión geopolítica que va más allá de América Latina y el Caribe, está mucho más relacionada con las esferas de influencia en las que EE.UU. ha retrocedido en las últimas décadas.
Países como Chile, Argentina y Bolivia han contado con el beneplácito del gobierno de Trump por sus actuales o futuros presidentes. Es importante poder comprender que no toda dominación viene acompañada de bombas o secuestros. Hay estrategias más sutiles de control. Los proyectos de derecha que están gobernando la región se pueden convertir en una correa de transmisión directa desde la Casa Blanca hasta nuestro vecindario. ¿Qué política económica se va a construir en torno al litio si los tres países involucrados tienen una apuesta abiertamente liberal? ¿Cuál va ser la participación de los gobiernos de derecha en la región en torno a mantener el intervencionismo de EE.UU.? ¿De qué forma estos gobiernos pueden colaborar en mantener una estructura comercial pro EE.UU.?
La intervención militar en Venezuela debe verse en el contexto de una lucha más amplia por el control de recursos y es un claro ejemplo de cómo las élites y corporaciones estadounidenses están dispuestas a sacrificar vidas humanas en su búsqueda de ganancias y dominación. Esto subraya la importancia de que los pueblos latinoamericanos se unan y rechacen la injerencia extranjera, buscando alternativas de desarrollo que no dependan de las potencias tradicionales.
Es vital que los pueblos de América Latina se mantengan alerta y resistan cualquier intento de intervención extranjera que busque desestabilizar la región. La paz y el desarrollo sostenible autónomo son aspiraciones que deben ser defendidas a toda costa.