Marx, crisis y lucha de clases
Entrevista a Gonzalo Durán y Miguel Silva en El Porteño

Entrevista publicada en El Porteño el 21 de diciembre 2025

Gonzalo Durán es académico de la Universidad de Chile e investigador Fundación SOL

En esta entrevista para El Porteño, Miguel Silva y Gonzalo Durán conversan a partir de un acontecimiento que desborda con creces el formato académico habitual: la publicación de una guía de lectura de El Capital de Karl Marx —Economía marxista, una guía de apoyo— concebida no como un atajo simplificador, sino como una herramienta política e intelectual para volver a pensar críticamente el capitalismo contemporáneo. Lejos de la pedagogía neutral o del comentario erudito desprovisto de consecuencias, el diálogo se sitúa en la tradición del marxismo clásico, asumiendo que comprender las categorías fundamentales de Marx —valor, plusvalía, acumulación, crisis— es una condición indispensable para intervenir en el presente.

La conversación recorre el origen colectivo del libro, vinculado a la experiencia docente y a la demanda estudiantil por una formación marxista sistemática, y se adentra luego en los grandes debates que atraviesan hoy al marxismo: el papel del Estado en la acumulación, el carácter improductivo de amplias franjas del gasto capitalista, la teoría de las crisis y, en particular, la vigencia de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. En ese marco, Silva y Durán discuten abiertamente con corrientes marxistas que relativizan o abandonan la teoría del valor-trabajo, reivindicando una lectura que busca mantener la coherencia interna del método de Marx frente a sus revisiones más acomodaticias.

El intercambio no se limita al plano teórico. La entrevista conecta estas discusiones con la realidad chilena: la estabilidad aparente del modelo durante décadas, la ruptura expresada en el estallido social, la persistencia de la desigualdad extrema y la incapacidad estructural del progresismo y la derecha para ofrecer algo distinto a una administración tecnocrática de la pobreza. Desde ahí, el análisis vuelve una y otra vez a una idea central: sin control democrático de la producción por parte de quienes trabajan, no hay salida del capitalismo ni posibilidad de reorientar la economía hacia el valor de uso y las necesidades sociales.

Más que una promoción editorial, esta entrevista funciona como una intervención en el debate político e intelectual actual. Recupera a Marx no como un clásico venerable, sino como un pensador incómodo, capaz de iluminar las contradicciones del presente y de cuestionar tanto las certezas del neoliberalismo como las ilusiones reformistas. En tiempos de crisis prolongada, automatización acelerada y descomposición del consenso social, el diálogo entre Silva y Durán propone volver a lo esencial: comprender el capitalismo para poder superarlo.

Lanzamiento del libro "Economía marxista una guía de apoyo"

GB Lo que nos convoca directamente es la edición de un libro, un texto muy novedoso en el debate político socialista y revolucionario en nuestro país. Se trata de un manual de economía, una guía de apoyo para la lectura de El Capital de Marx. Ahí lo está mostrando nuestro invitado Miguel Silva, que tiene un ejemplar del libro en sus manos. Nosotros, por supuesto, podremos hacer una crítica más de contenido una vez que tengamos el texto en profundidad. Pero no me cabe duda —lo decía antes de comenzar este programa— de que este es un hecho bibliográfico que probablemente quedará registrado entre lo más relevante del año en materia de producción teórica.

Miguel, ¿cuál es el significado de escribir este libro hoy? ¿Por qué hacerlo si ya hace más de cincuenta años Marta Harnecker escribió un texto introductorio a El Capital*? ¿Qué justifica esta nueva publicación?*

MS – Bueno, Gonzalo hizo un curso de economía marxista y parte de ese curso consistía en leer el volumen I de El Capital. Y claro, es muy difícil. Entonces este libro surge como una guía para ayudar a las personas a entender mejor el texto, usando un lenguaje menos técnico. La guía está circulando tanto dentro como fuera de la universidad.

La idea de ocupar estos minutos acá es justamente dar una introducción a la guía, porque la guía es, en sí misma, una introducción a El Capital. Mucha gente va a leer la guía, pero probablemente no va a leer directamente El Capital, porque es un texto que intimida. Entonces, si podemos explicar de qué trata la guía, eso facilita su comprensión.

La idea no es asustar a nadie, sino abrir la puerta a las ideas novedosas que Marx desarrolla en su obra, sin espantar a los lectores. Yo leí El Capital por primera vez hace décadas, y cada vez que vuelvo a leer capítulos o párrafos encuentro algo nuevo. Es un libro que se lee de a poco, que se relee. Uno se pregunta constantemente: ¿qué quiere decir Marx con esto?

La guía ayuda justamente a entender qué quiere decir Marx en tal capítulo, en tal página, en tal frase. Porque es muy fácil creer que uno entiende, cuando en realidad puede no estar entendiendo lo que el autor plantea. La guía sirve para convertir esa lectura en un saber más sólido.

GB Gonzalo, esto formó parte —ya lo adelantó Miguel— de un curso que tú realizaste en la universidad. Cuéntanos cómo nace este libro.

GD – Yo soy académico en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile. Hago clases de Economía I y II en Trabajo Social, y de Economía en Sociología. Soy economista, así que ese era el espacio donde podía ejercer mi profesión.

En los cursos introductorios abordamos distintas corrientes: Adam Smith, David Ricardo, luego Marx, y después las corrientes más contemporáneas —marginalistas, keynesianas, etc. En ese recorrido, a los estudiantes les interesó mucho la mirada crítica del marxismo. Pero ese contenido se veía de manera muy condensada: dos o tres sesiones. Había hambre por profundizar, por estudiar el método marxista de manera más sistemática y con el tiempo que requiere un curso completo.

Los estudiantes se organizaron, juntaron firmas de forma autogestionada y lograron levantar un curso optativo de Economía Marxista para la carrera de Sociología. Ese curso se dictó el primer semestre de 2025.

Con Miguel ya veníamos trabajando juntos, escribiendo artículos más académicos. Le propuse que participara en algunas clases y surgió la idea de contar con un material de apoyo. Así nació esta guía.

El libro tiene dos grandes partes. Primero, una traducción autorizada de la guía de lectura de El Capital de Joseph Choonara, un académico inglés que, a nuestro juicio, ha elaborado una de las mejores guías existentes. La segunda parte del libro aborda debates posteriores a Marx, discusiones contemporáneas dentro del marxismo.

Esto es importante, porque dentro del marxismo hay distintas interpretaciones. Es clave mapearlas y explicitar desde qué matriz teórica se habla. Nosotros nos posicionamos en una corriente que reivindica la teoría del valor-trabajo, como lo hace Choonara. Esto no es obvio: hay marxistas que la rechazan, como los marxistas analíticos o incluso autores reconocidos como David Harvey.

Nuestra postura está más cercana a la tradición clásica, también en línea con las contribuciones de Marta Harnecker.

GB Quisiera profundizar en eso. Ustedes recuperan una guía inglesa y la introducen en el medio chileno, pero además incorporan debates propios. El marxismo no es un campo pacífico: hay disputas teóricas profundas. ¿Cuáles dirían ustedes que son los principales ejes de discusión que aborda el libro?

MS – Yo voy a responder desde mi perspectiva. Para mí hay dos grandes temas.

Primero, el rol del Estado en la acumulación de capital: si la intervención estatal cambia o no el funcionamiento del capitalismo. Hemos tenido un siglo completo de intervenciones estatales, desde la economía de guerra en Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, pasando por el Frente Popular, hasta la planificación centralizada en la URSS desde los años 30.

Segundo, qué ocurre cuando una parte significativa de la plusvalía no se reinvierte productivamente, sino que se destina a gasto improductivo: publicidad, armas, etc. ¿Cómo impacta eso en la tasa de acumulación y en la competitividad internacional?

Por ejemplo, Estados Unidos destinó enormes cantidades de plusvalía a gasto militar, reduciendo su tasa de acumulación, mientras Alemania y Japón, en ciertos períodos, acumularon más rápido. Marx no abordó esto porque no era un fenómeno de su época, pero hoy es central. Nosotros intentamos extender el análisis marxista para comprender el capitalismo actual, que sigue siendo capitalismo, pero con formas de competencia distintas.

GB Gonzalo, desde tu perspectiva, ¿qué discusiones justifican este libro?

GD – Una discusión central es la teoría de las crisis. En particular, la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, desarrollada por Marx en el volumen III de El Capital. Hay corrientes marxistas que rechazan esta ley, incluso sosteniendo que fue una elaboración de Engels.

Para nosotros, esta ley es fundamental para entender las crisis capitalistas. Permite explicar cómo, a partir de fuerzas contrarrestantes, los capitalistas intentan revertir la caída de la tasa de ganancia.

Para llegar a eso, es necesario dominar conceptos previos: acumulación, composición orgánica del capital, capital constante y variable, tasa de plusvalía. La guía revisa estos conceptos en detalle.

El método marxista nos invita a ir más allá de la superficie —lo que mide la economía ortodoxa— y a sumergirnos bajo el iceberg, en las contradicciones estructurales del capitalismo.

GB Pasemos ahora al tema de la economía en Chile y a todas estas discusiones escatológicas sobre si la economía chilena se cae o no se cae a pedazos. Quiero hacer una sola observación.
Desde El Porteño hemos cubierto el debate entre Michael Roberts, por un lado, y Rolando Astarita, por el otro, en torno a la cuestión del desarrollo de las fuerzas productivas. Hay sectores importantes —estoy hablando dentro del marxismo— que sostienen que, incluso después de la posguerra, lo que ha ocurrido es una expansión de las fuerzas productivas. Yo no comparto esa apreciación.

¿Cuál es la opinión que tienen ustedes?
¿Se explica de alguna manera esta estabilidad que se vivió como “fin de la historia” a partir de los años noventa, esta última fase expansiva, y luego la crisis de 2008, junto con esta recesión mundial inminente que parece anunciarse permanentemente en la economía internacional?
¿Tiene que ver esto con el debate sobre las fuerzas productivas?
¿Cómo entran ustedes en esta discusión?

MS – Mira, yo prefiero dejar esa respuesta en manos de Gonzalo, porque quiero ocupar este breve espacio para dar una introducción a la guía misma, a partir de una idea que realmente cambió mi forma de ver el mundo.

Preparando la guía y releyendo El Capital, encontré una idea genial. El Capital comienza con una discusión de categorías fundamentales —los pilares centrales del análisis— y luego avanza hacia el detalle. Yo quise hacer el movimiento inverso: mirar la historia para introducir las categorías.

En todo momento aparecen dos conceptos clave: valor de uso y valor de cambio. El valor de uso es para qué sirve una cosa; el valor de cambio es cómo se intercambia una cosa por otra. Marx analiza sociedades donde no existía el valor de cambio. Por ejemplo, en las comunidades mapuche y otros pueblos indígenas no existía el intercambio mercantil tal como lo conocemos hoy. La tierra y los productos pertenecían a la comunidad, y las familias tenían derecho de uso, no de intercambio.

La producción no estaba orientada al mercado. Llegan los españoles y lo primero que hacen es desarticular esas comunidades: sacan a los hombres para usarlos como mano de obra, rompen las relaciones comunitarias, y comienza un largo proceso de transición desde la producción para el uso hacia la producción para el intercambio. Luego eso se profundiza con el inquilinaje y otras formas de dominación.

Históricamente, entonces, hay un paso desde el valor de uso hacia el valor de cambio. Y aquí viene la pregunta fundamental: ¿cómo volvemos a una producción orientada al valor de uso? ¿Cómo salimos de la producción para el mercado?

La respuesta, que para mí es brillante, es que eso solo es posible si quienes producen tienen control democrático sobre la producción. Si no controlan lo que producen, no pueden decidir qué producir ni para quién. Si los productores controlan la producción, pueden decidir colectivamente si se necesita más leche que autos, más alimentos que armas, más viviendas que especulación inmobiliaria.

Ese control tiene que ser democrático. No hay control real de la producción sin democracia. Alguien puede decidir por ti, pero no hay ninguna garantía de que lo haga según tus necesidades. Por eso la política parlamentaria no es democrática en este sentido profundo. El socialismo no es simplemente la propiedad estatal de los medios de producción: es el control de los productores sobre su propia vida.

Las organizaciones de los trabajadores, por tanto, deben ser democráticas. Solo así se aprende a decidir colectivamente. Hay una idea poderosa en Marx: el socialismo es el aumento de la capacidad y la inteligencia de la clase trabajadora.

Volver desde la producción para el intercambio hacia la producción para el uso —y definir el socialismo como control democrático de la producción— me parece la esencia del socialismo. Yo descubrí esta idea durante la escritura de la guía. Antes no pensaba las cosas así. Me preguntaba por qué Marx insistía tanto en el valor de uso y el valor de cambio. Hoy lo tengo claro: porque ahí está el futuro, ahí está el tipo de sociedad en la que queremos vivir.

En ese sentido, Gonzalo, y volviendo a la cuestión de las fuerzas productivas:
¿cómo lo ves tú?

Quiero subrayar algo más: el debate sobre las fuerzas productivas está directamente ligado a la idea de que estamos en una época de revolución, es decir, de que el capitalismo estaría históricamente agotado. La incapacidad del sistema para seguir desarrollando las fuerzas productivas condiciona el carácter convulso del proceso político y el enfrentamiento entre clases.
¿Cómo ves esa cuestión?

GD – Es una discusión muy interesante. El debate entre Michael Roberts y Rolando Astarita gira precisamente en torno a si estamos frente a crisis de sobreproducción o crisis de sobreacumulación.

Yo diría —y creo que Miguel coincide— que nuestra posición está más cercana a la de Michael Roberts. Roberts reivindica la teoría marxista clásica y distingue entre “crisis” en plural y “la crisis” en singular. Las crisis cíclicas pueden tener distintas manifestaciones —sobreproducción, desbalances sectoriales—, pero la crisis estructural del capitalismo tiene que ver con la tendencia decreciente de la tasa de ganancia.

Astarita, en cambio, pone el acento en la sobreproducción, es decir, en desajustes entre departamentos productivos debido a la anarquía del capital. Esa es una lectura distinta, más heterodoxa. También existen teorías del subconsumo, que sostienen que las crisis se deben a la insuficiencia de la demanda y que se resuelven elevando salarios, una perspectiva más cercana al keynesianismo.

Para Marx, sin embargo, la crisis es estructural. Tiene que ver con la acumulación, con el reemplazo progresivo del trabajo vivo por capital constante. Hoy eso se expresa claramente en la llamada industria 4.0, en la automatización, en los algoritmos. A medida que aumenta la composición orgánica del capital, la tasa de ganancia tiende a caer.

Roberts habla de una “larga depresión” desde 2008. La rentabilidad se recupera parcialmente, pero nunca vuelve a los niveles previos. Uno se levanta, pero siempre desde un escalón más bajo. Esa dinámica lleva ya casi dos décadas y confirma la vigencia de la ley formulada por Marx en el volumen III.

GB Entrando derechamente en la arena política:
Uno de los pilares del proceso de transición iniciado en 1990 fue la expansión extraordinaria del PIB. Tasas de crecimiento del 7 u 8 por ciento generaron una unificación de la burguesía chilena. A diferencia de Argentina, donde las fracciones burguesas chocan abiertamente, en Chile hubo estabilidad hasta octubre de 2019.

Desde ese punto de vista:
¿se cae o no se cae el país a pedazos?
¿Existe la posibilidad de una nueva larga transición?
¿Qué sentido tiene esta discusión?

MS – Yo quiero poner algunos datos sobre la mesa. La Encuesta de Presupuestos Familiares del INE mide ingresos y costos de los hogares. Si uno mira los datos, el estándar de vida en 2022 era menor que en 2007. Durante quince años, los ingresos crecieron menos que los costos.

Eso explica el malestar social. Hay una generación entera que solo ha conocido estancamiento o retroceso. Mientras tanto, el 0,1% más rico tiene ingresos mensuales cercanos a los 800 millones de pesos. Esa hiperconcentración no es un dato que circule en el debate público.

GB ¿Por qué hay tanta rabia?
MS – Porque da lo mismo quién gobierne: Piñera o Bachelet, el estándar de vida cae igual. Esa es la base material del descontento.

Yo quiero añadir algo a lo que señaló Miguel, antes de darle nuevamente la palabra a Gonzalo. Hay una economista chilena, Lorena Muñoz del Campo, que realizó un estudio profundo —que comentamos en El Porteño— donde muestra que, en el período comprendido entre el primer ciclo de movilizaciones de 2011-2012 y el estallido social de 2019, se produjo un crecimiento inédito de la desigualdad interna. No se trató simplemente de una caída abrupta, sino de un proceso sostenido de hiperconcentración: una enorme mayoría viviendo con ingresos inferiores a mil dólares mensuales y una hiperminoría con ingresos que se acercan al millón de dólares mensuales. Es un fenómeno de enorme relevancia.

Gonzalo.

GD – Sí, efectivamente. Desde la Fundación SOL llevamos años retratando las condiciones materiales de la clase trabajadora en Chile. No es ninguna novedad lo que ocurre con la estructura de acumulación de ingresos. Hoy el 1% más rico concentra cerca del 49,8% de la riqueza del país.

La pregunta de fondo es por qué, después de todos estos años de superciclo del cobre —aproximadamente entre 2006 y 2015—, Chile enfrenta hoy una tasa de pobreza cercana al 22,3%, según una comisión asesora presidencial que entregó su informe en julio de este año. Estamos hablando de una cifra que implica cerca de 4,4 millones de personas bajo la línea de la pobreza, de acuerdo con la encuesta CASEN 2022.

Y si uno recalcula esa tasa considerando solo los ingresos autónomos, sin subsidios estatales, la pobreza supera el 30%. Entonces la pregunta es inevitable: ¿cómo es posible que un país con un PIB per cápita superior a los 30 mil dólares —niveles comparables a países europeos— tenga casi cinco millones de personas viviendo en condiciones de pobreza?

Esa es una pregunta que la élite política y económica no responde. Y cuando uno aplica el método marxista para la economía chilena como un todo, aparece un dato brutal: de una jornada laboral de ocho horas, con solo tres horas ya se han pagado los salarios. El resto —cinco horas— corresponde a trabajo no remunerado por el empresario, que financia las ganancias del capital.

Dicho de otro modo: si la jornada comienza a las ocho de la mañana, a las once ya se pagaron los sueldos. Desde ese momento en adelante, el trabajador (o la trabajadora) produce valor que no recibe. Ahí se expresa con toda crudeza la asimetría de poder estructural entre capital y trabajo.

Ningún gobierno desde la transición ha querido enfrentar ese conflicto de fondo. Por el contrario, se siguieron las recetas del Banco Mundial y del Consenso de Washington: un Estado subsidiario que administra la pobreza a través de bonos y transferencias.

Hoy, en el primer quintil de ingresos, cerca del 50% de los ingresos proviene de transferencias estatales. No del trabajo. El desafío es cómo fortalecer los ingresos autónomos de los trabajadores. Y ahí no hay atajos: solo sindicatos fuertes pueden alterar esa relación de fuerzas.

Este gobierno, que se decía progresista y prometía negociación colectiva por rama, no lo hizo ni en los primeros cien días ni en los últimos cien que le quedan. Ni siquiera ha presentado el proyecto. Eso dice mucho sobre su matriz teórica y política.

GB Gonzalo, a propósito de lo que señalas:
¿cuál sería entonces el contenido real del debate entre el progresismo y la derecha?
Porque en los medios aparece como una confrontación profunda, pero, ¿sobre qué discuten realmente estas facciones burguesas?

GD – Por ejemplo, se discute sobre el llamado “ingreso vital”. La candidatura de Jeannette Jara propone un ingreso vital de 750 mil pesos… pero recién para el cuarto año. Hoy, para una familia de tres personas que arrienda vivienda, la línea de la pobreza supera los 850 mil pesos. Es decir, incluso con ese ingreso vital, esa familia seguiría siendo pobre.

Además, el concepto cambió: antes se hablaba de sueldo vital, lo que implicaba responsabilidad empresarial. Ahora se habla de ingreso vital, donde el Estado subsidia a las empresas, especialmente a las pequeñas. El debate se desplaza desde la relación capital-trabajo hacia la subsidiariedad del estado y la “capacidad de pago” empresarial.

Del otro lado, Kast propone abiertamente flexibilizar aún más el mercado laboral: contratos por hora, reducción de derechos. En ambos puntos, quien pierde es la clase trabajadora y quien gana es la burguesía.

Desde nuestro punto de vista, lo central es empoderar al movimiento sindical. No es razonable que en Chile solo una minoría negocie colectivamente, mientras en países como Uruguay el 95% de los trabajadores negocia por rama a través de consejos de salarios.

Aquí las empresas incluso están quitando el IPC en negociaciones colectivas. El panorama es sombrío. Sin sindicatos fuertes, cualquier alza salarial se traduce en despidos. El orden correcto es primero fortalecer lo colectivo y luego avanzar en mejoras salariales. No al revés, como se ha hecho.

GB Para ir cerrando, Miguel:
tus reflexiones finales, aquello que haya quedado pendiente o con lo que no estés de acuerdo.

MS – Estoy de acuerdo con Gonzalo en lo fundamental. El problema es cómo reconstruir la base sindical. Hoy el sindicalismo es muy débil y los dirigentes tienden a proteger sus propias bases, evitando coordinarse con otros. Cada cual cuida lo suyo.

Eso tiene que ver con personalidades, sí, pero también con una estructura fragmentada. ¿Por qué dirigentes conocidos no trabajan juntos? Imagínate una escuela sindical en Rancagua donde confluyan distintas corrientes, dirigentes históricos, organizaciones diversas. Eso hoy casi no ocurre.

Mientras sigamos atomizados, el capital seguirá imponiendo su agenda. La reconstrucción sindical no es solo organizativa: es política, cultural y democrática. Sin eso, no hay posibilidad real de avanzar hacia una sociedad distinta.

GB – Muchas gracias compañeros